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Primera travesía mundial del Mar Báltico con esquís por la ruta de los rompehielos
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Primera travesía mundial del Mar Báltico con esquís por la ruta de los rompehielos

“15 Rompehielos y 100 cargueros es lo que se pueden encontrar en su camino a Suecia...”  Firmado: la Unidad de Rompehielos.

Así reza el correo electrónico que recibo el día anterior a mi partida. Y si el texto resulta impactante, más aún la fotografía adjunta: un convoy de 5 ó 6 cargueros siguiendo a un enorme rompehielos. La abrupta brecha que dejaban a su paso se perdía en el horizonte.
   
Siendo sincero, esa noche soñé que un gigantesco rompehielos nos aplastaría cuando estuviéramos acampados en un témpano en mitad del Mar Báltico.

 


Nueve veces soñando

Nueve veces he estado en Finlandia, a orillas del Báltico, a la altura del Golfo de Botnia. Ocho de ellas he pensado en una travesía que cruce este mar congelado hasta Suecia. Así que hoy, 3 de Marzo de 2003, cuatro años después de soñar, soñar y soñar hasta la saciedad con esta expedición, me siento emocionado, casi diría que eufórico. Estoy con mi compañero José Mijares, arrastrando nuestros trineos por las calles nevadas de la población finlandesa de Oulu. Por delante, 200 Km de mar helado hasta llegar a Pitea, en Suecia.

La gente nos mira, divertida, mientras sorteamos coches, cruzamos semáforos y doblamos esquinas con nuestros trineos de más de 70 Kg de peso. Sus miradas no dejan lugar a dudas. Imagino que estarán pensando algo así como: “¿A dónde van este par de locos”? La costa se encuentra a un par de Km del hotel en el que nos hemos alojado esta noche. De camino, entramos en el mercado de abastos. José le pide al jefe de almacén que nos pese los trineos en una gran báscula. El finlandés me mira por el rabillo del ojo, sorprendido. Creo que se ha fijado en la brújula que llevo colgada al cuello. Supongo que en esta población de 135.000 habitantes, nadie la necesita para encontrar una dirección. Amablemente nos ayuda a pesar uno de los trineos. Mala suerte. La báscula solo admite hasta cerca de 40 Kg, y se bloquea. Al menos hemos distraído un rato a los simpáticos vendedores de los puestos.

 


Día 1

Después de cruzar un puente sobre el río de Oulu (donde una anciana en bicicleta nos rebasa), llegamos a mar abierto. No hace frío ártico. Solo 4º C bajo cero, pero un viento de Sudoeste, bastante desagradable, nos impide disfrutar de este horizonte blanco, sin coches ni edificios...

Atardece. Llevamos 10 Km esquiados y nos tenemos que parar bruscamente delante de lo que parece un canal de rompehielos. Miro a nuestra izquierda, y, señalando con el bastón de esquí, le digo a José con tono de incredulidad “¡Viene un rompehielos!” Con ritmo decidido, el rompehielos finlandés Otso va abriendo camino a un gran carguero.

Ya no nos da tiempo a cruzar, así que, como quien ve por primera vez, de cerca, a un animal en peligro de extinción, nos dedicamos a fotografiarlo y filmarlo con avidez. Cuando se aleja en el crepúsculo de la tarde, nos acercamos al canal. Los dos barcos han dejado una masa informe de bloques de hielo del tamaño de balones de playa, que flotan apelotonados. El espacio entre ellos es una especie de “chapapote” blanco, cuya consistencia comprobamos con los bastones de esquí. El mar se los traga hasta el mango. Ni pensar en cruzar ahora. Y así, tan sólo tres horas después de nuestra partida, nos vemos obligados a montar la tienda con resignación. Al abrigo de las cuatro paredes de tela, tendremos que esperar unas horas hasta que ese “potaje” de hielo se solidifique.

Ya de noche, el canal parece seguro. Con mucho tiento me deslizo con mis esquís, casi de puntillas, sobre los bloques más grandes. Me siento como una grácil bailarina saltando de bloque en bloque. Este pensamiento relampaguea en mi mente, y me hace sonreír en medio de la tensión. Pero mis pesadas botas polares, mis aparatosos esquís, mi rígido traje de ventisca y, sobre todo, el gélido mar que hay unos centímetros bajo mis pies, me devuelven a la realidad. Aquí no habrá aplausos si cruzamos. Sólo alivio. Los dos pasamos sin contratiempos a la otra orilla del canal. Una euforia nada disimulada sustituye a la tensión amarrada, casi ahogada, que nos invadía metros antes.

 


Día 2

Nos encontramos con unos pescadores que sacan sus redes del hielo. Sólo hablan finlandés. Les decimos que somos de la (para ellos) tropical “Espanja”, y que nos dirigimos a Pitea. Nos regalan cuatro peces similares a arenques. Me parece que les damos pena. Supongo que para ellos un español debe de ser una persona acostumbrada a la playa, las fiestas, el sol y otros tópicos. O tal vez saben algo sobre nuestra travesía hacia Suecia que nosotros no podemos ni imaginar...
 


Día 3

En nuestro tercer día de marcha dejamos atrás Hailuoto, una gran isla de 30 Km de largo. Lo último que vemos es la torre de una iglesia, que se hunde en el hielo a medida que nos alejamos de ella. Ahora comienza la verdadera expedición. Lo desconocido. Al menos para nosotros. No sabemos si ha habido otras expediciones anteriores a la nuestra, ni disponemos de fotos de satélite con las que chequear si hay grandes extensiones de mar, libres de hielo, que nos impidan llegar a Suecia. Únicamente contamos con la experiencia de varios viajes que he realizado por la costa finlandesa. Allí siempre encontré hielo plano, sólidamente agarrado a tierra. La única certeza es que esta zona tiene un intenso tráfico marítimo. Es el lugar con mayor concentración de rompehielos del mundo. Y algo que nos preocupa sobremanera: los últimos 25 días la temperatura se ha movido entre los 2º C bajo cero y los 3º C sobre cero. La suma de todos estos datos arroja un saldo en nuestra cuenta polar de 100 % incertidumbre.

Aún así, cuando después de dos días de terreno fácil nos encontramos una pequeña zona de hielo caótico, nos dedicamos a hacernos fotos y grabarnos con el vídeo superando bloques de hielo amontonados, por si acaso no volvíamos a ver un terreno similar y toda la travesía se desarrollaba sobre un “soporífero” hielo plano. Qué ilusos...

De lo testimonial pasamos a lo habitual con asombrosa rapidez. Oleadas de crestas de presión de hasta tres metros de altura, formadas por el violento choque de témpanos a la deriva, se suceden haciéndonos dar miles de rodeos. Una y otra vez nos tenemos que quitar los esquís y remontar a pie las barreras de hielo, empujando entre los dos cada trineo. Para colmo, todos los ventisqueros de nieve corren dirección Sur-Norte, perpendicular a nuestra marcha con asombrosa perfección. Justo 90º. Y la canción tiene siempre el mismo estribillo: ventisquero de casi un metro de alto, lo subes con los esquís, y, apoyado en su espina dorsal, clavas los bastones en la nieve y comienzas un auténtico derroche de energía, para avanzar sólo un metro. Sabes que la tracción que realizas es excesiva. Pero es la única manera de superar el obstáculo. La práctica totalidad de los esquís está en el aire, salvo la parte de las botas. No tienes casi agarre y el trineo está atascado en la parte inferior del obstáculo. Una vez alcanzas el otro lado la gravedad viene en tu ayuda, y sólo necesitas un ligero empujoncito para que el trineo baje a tu nivel.

De hacer 21 Km al día en cinco horas, pasamos a realizar 11 Km en ocho horas. Sólo la extrema belleza de un bloque de hielo azul en forma de piano de cola, que reposa delante de nuestro campamento, suaviza nuestros peores presentimientos.

 


Día 4
Nuestro cuarto día amanece cálido: 0º C, pero con un viento de hasta 60 Km/hora que nos hace sentir un frío especialmente mordiente en cada una de las paradas que hacemos para comer y beber. Avanzamos sin decir palabra, embutidos en nuestras gafas de ventisca y nuestras máscaras de neopreno. Horas de absoluto silencio, todo blanco. Solo tú y tu respiración. Y el incansable azotar del viento en la ropa.

La visión de un interminable canal de agua abierta nos saca de nuestro letargo interior. Mascullamos cuatro palabras casi ininteligibles, a través de las máscaras, para decidir por dónde vamos a rodearlo. Esquiamos paralelos al canal. Por si no bastara con el siniestro color negro del agua, en su superficie rizan olas. Nuestras nerviosas risas, comentando que las olas hacen “borreguillos” como en una marejada en alta mar, no ocultan nuestro temor.

Esta noche acampamos en lugar seguro. Pero desde la visión del canal mantenemos cruzados los dedos. Necesitamos lo que más nos duele: ¡Frío! Nuestro veneno es nuestra vacuna. De todas las situaciones que vive un expedicionario polar en el curso de una travesía son las bajas temperaturas lo que más le hace sufrir. ¡Y aquí es lo que más ansiamos! Con clima gélido, los canales se congelan y la deriva se mitiga.

 


Día 5
El terreno que encontramos en nuestro quinto día de marcha es cien por cien polar. No tiene nada que envidiar al mismísimo Océano Ártico. No sé muy bien por qué, pero hoy me siento especialmente indefenso en este paisaje amenazador. Debe de ser el cansancio y la tensión acumulados.

Pero el Ártico, aunque sea en medio de dos de los países más civilizados del mundo, no tiene compasión: De nuevo, un enorme canal de agua nos detiene bruscamente. Durante largo rato buscamos un paso seguro sin éxito. Sólo podemos atravesarlo saltando sobre los témpanos que flotan en el canal, al estilo de los osos polares.Yo paso primero, sin trineo, atado a una cuerda que José agarra fuerte, sabiendo ambos que es lo único que me salvaría de una muerte segura si caigo al agua con los esquís y los bastones. Es mi cordón umbilical. Cuando llego a la otra orilla, José ata los trineos a la cuerda, y los recupero. Después es él quien salta de témpano en témpano.

Todo un día esquiando y solo hemos hecho 15 Km. Resulta agotador. Por la noche el témpano sobre el que estamos acampados deriva 190 metros hacia el Noroeste. Nuestra máxima preocupación es que las altas temperaturas descongelen la banquisa y nos veamos flotando en un témpano en mitad del mar.


Día 6

Sexto día. Por fin ha salido el sol, y nos da algo de tregua. Sus rayos parecen indicarnos el camino. La temperatura sube hasta unos “mediterráneos” 4º C. Pero al poco rato se oculta dejando, de nuevo, un paisaje que se nos antoja sombrío.

Por la tarde nos topamos con un canal de rompehielos abierto. Tiene 30 metros de ancho. En medio del caos que nos rodea, sorprende lo recto que es, como si hubiera sido trazado con un tiralíneas gigante. Con decisión ataco un bloque que tiene forma de porción de tarta. Aquí el mar no tiene profundidad oceánica, pero ese color negro amenazador que tiene el agua nos da una sensación abisal. El cruce se hace eterno.

Antes del anochecer atravesamos montoneras de hielo del tamaño de casetas de obra. Cada paso es un suplicio. Los trineos se vuelcan, los esquís patinan, y los bastones no clavan en este hielo azul, duro como el acero. Tardamos más de una hora en avanzar 100 metros. Una “playa”, que es como llamamos en broma a las grandes extensiones de hielo plano, nos invita a montar el campamento. El crepúsculo, aunque apagado por la neblina, nos parece realmente bello.

 


Día 7

El séptimo día de travesía, el Ártico nos enseña su cara amable. Hace un día fantástico: sol, terreno suave y nada de viento. ¡Con qué poco somos felices! Bromeamos, contamos chistes. José siempre está de buen humor, pero hoy lo veo especialmente divertido.

 


Día 8

Al despertar el octavo día, leemos en el GPS nuestra posición. Después del desayuno tomamos otra lectura y comprobamos que en tres horas hemos derivado un kilómetro. No me extraña. Fuera hace un viento terrible. Salimos de la tienda para preparar los trineos. Estamos en medio de una ventisca. Pienso una y mil veces en quedarnos acampados hasta que amaine. Pero, ¿cuánto tiempo será? La temperatura es tan alta (cerca de los 0º C), que el mar puede empezar a descongelarse en pocos días. Tenemos que avanzar.

Y eso hacemos. Avanzar en medio de una ventisca que nos envía millones de copos de nieve directos a la cara. Es una especie de lluvia helada. En menos de una hora estamos calados hasta la médula. Hay días en que ni la mejor ropa de tormenta te protege. Sólo un traje de “estoicismo” puede ayudarte a soportar una jornada así.

Al cabo de unas horas de marcha paramos a reponer fuerzas, ocultos tras un bloque de hielo. Con las manoplas empapadas abro una bolsa de frutos secos. Estoy temblando. Mi cuerpo entero está mojado. Cojo un puñado de cacahuetes, pero solo consigo que unos pocos lleguen a mi boca. Los demás se han caído por el camino, sobre los esquís, sobre mi ropa, en mi cara. Me siento miserable.

A lo lejos vemos una delgada franja negra, salpicada de puntos blancos, que ocupa todo el horizonte. Se nos encoge el alma. Sabemos que aún estamos a más de 60 kilómetros de la costa. Los dos nos tememos que se trate de mar abierto con témpanos a la deriva.

A pesar de todo, seguimos avanzando. En mi cabeza, un pensamiento: Cuando lleguemos allí, ¿Qué hacemos? ¿Volvemos sobre nuestros pasos, recorriendo 150 Km hasta llegar otra vez a la costa finlandesa? ¿Activamos la baliza de emergencia y que el servicio de rescate sueco venga a sacarnos de aquí? Estas dos preguntas son tan repetitivas en mi mente como los cientos de fracturas en el hielo que estamos atravesando. Mejor no pensar.

La ventisca empieza a ceder. El horizonte cambia de color. Me pregunto si lo que vimos no era un espejismo. El cielo se despeja y nuestros malos augurios con él. Cuando montamos el campamento, ya de noche, la luna y las estrellas brillan para nosotros. Y una suave aurora boreal ondea en el firmamento.

 


Día 9

El noveno día divisamos la costa. Vamos hacia ella como hipnotizados, pero algo que se mueve en la lejanía nos devuelve a la realidad. Son chimeneas de barcos que se mueven paralelos a tierra. Al atardecer llegamos al canal que ha estado transitando todo el día. Aun siendo el más ancho de todos los que hemos encontrado, si hiciera frío, lo atravesaríamos de inmediato. Pero el termómetro marca unos ridículos 2º C bajo cero. Decidimos acampar a unos 20 metros del canal, sin tienda, solo con nuestros sacos de dormir. Si baja la temperatura durante la noche, en menos de quince minutos estaríamos preparados para cruzar el canal. No queremos que nos sorprenda la mañana y el trasiego de barcos nos corte el camino.

José está ya metido en el saco y, antes de imitarle, echo un vistazo a mi alrededor para comprobar que todo está en orden. Y, de repente, veo esas dos potentes luces  que nos iluminan. Es un rompehielos. “¿Viene por el canal?” Ojalá lo supiera. En la oscuridad de la noche no distinguimos si va por su ruta o viene rompiendo hielo directo hacia nosotros. Nos alejamos atropelladamente del canal arrastrando por el suelo un barullo de cosas. Con el corazón desbocado. El rompehielos, por supuesto, ni se inmuta. Sigue inexorable su camino. Al llegar a nuestra altura, nos quedamos como estatuas. Abre paso a un descomunal petrolero. Van por el canal. Era lo lógico, pero... el miedo es libre.

 


Día 10

Nos volvemos a acostar. En la madrugada del décimo día la temperatura desciende hasta los 7º C bajo cero. El hielo es consistente y pasamos el canal con una facilidad inimaginable unas horas antes. Son las cosas del Ártico. Tan cambiante, tan voluble, tan inconstante. José se quita los esquís un momento para recuperar los trineos y sus pies se hunden. En un acto reflejo, sale del agua con un fuerte impulso, maldiciendo. Yo aún estoy en el canal. Y lo que hace un instante me parecía sólido como un puente de hormigón ahora me resulta de una fragilidad extrema.

Esa tarde llegamos a la isla de Raveen. Nos quitamos los esquís para tocar una roca de color ocre. Este momento nos parece casi místico. Seguimos bordeando la costa y llegamos a una bahía donde hay unas cuantas cabañas de verano. Casi todas son de color rojo. Con la nieve hacen un fuerte contraste al que no estamos habituados.  Parece que están cerradas. ¿Quién va a venir aquí en esta época del año? Pero de pronto una motonieve con dos hombres de unos 50 años sale de una loma. Se detienen a la puerta de una cabaña, mirándonos sin disimulo (y nosotros a ellos). Nos acercamos y nos quitamos las manoplas. Ellos también. Los saludamos en inglés. Son unos suecos que están construyendo una cabaña, y nos invitan a entrar. ¡Que visión! Una mesa llena de zumos, naranjas, tomates, huevos cocidos. Y una chimenea chisporroteando. ¿Es esto el paraíso?

Contemplan con cierto grado de diversión nuestras caras, extasiadas ante los manjares que están en la mesa. Entonces recuerdo que en el trineo llevo una botella de vino tinto “Sangre de Toro” para celebrar la llegada. Espero que con los miles de golpes que ha recibido el trineo aún esté intacta. Así es. Mano de santo. Los suecos, al ver la botella, empiezan a reírse y nos contagian. Todo protocolo, toda timidez desaparece. Comemos con verdadera devoción, saboreando cada bocado. Cuando acabamos los dos hombres nos dicen que les acompañemos: nos han preparado una sauna de leña. Y nos traen dos cervezas frías (a mí no me gusta la cerveza, pero ésta me sabe a gloria). De vuelta en la cabaña, José Ramón de la Morena, director del programa “El Larguero” de la cadena SER, nos hace una entrevista en directo. Y esta noche nos dormimos con una agradable sensación de paz interior.

 


Día 11
A la mañana siguiente nos despedimos de nuestros amigos, después de agradecerles una y otra vez su hospitalidad. El último día de travesía discurre entre islas por un terreno suave. Y a las dos de la tarde del 14 de Marzo de 2003 llegamos a Pitea. Nos tumbamos en la hierba como para cerciorarnos de que la expedición ha llegado a su fin. Una mujer que pasea a su perro se acerca. Le preguntamos si sabe dónde podemos encontrar un taxi que nos lleve a la estación de autobuses.  En 15 minutos estamos en la estación de Pitea comprando los billetes para Kemi (Finlandia), donde cogeremos el vuelo de Finnair, de regreso a España.

 



Fotos de la expedición

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